Silencios Rotos P.M. Nº 2 de MUJERES DE ANNA O.

Nací en los años cincuenta en un pueblo del interior. Aunque solo tengo una hermana, me crié en el seno de una familia numerosa, pues abuelos, tíos y primos vivían en la misma casa y del mismo negocio familiar. Soy la mayor de los primos, fui por tanto la primera hija, la primera nieta y la primera sobrina de la casa. Tenía conciencia clara de ser el centro de atención.

Recuerdo mi infancia como una época feliz. Me encantaba oir y leer cuentos, quería ser princesa y estaba convencida de que tal cosa era posible cuando fuera mayor y pudiera ir a los lugares donde ocurrían aquellas historias. Supongo que ya entonces comencé a utilizar un recurso que he usado mucho a lo largo de mi vida, evadirme de las muchas tensiones familiares en las que he vivido inmersa, a través de la fantasía.

Cuando tenía siete años murió mi tío, y mi abuelo se suicidó tres meses después. La familia se dispersó y un velo de tristeza y sordidez cayó sobre la vida cotidiana. Todos estábamos tristes o enfadados y reírse o jugar, poner la radio o cantar empezó a ser pecado porque estábamos de luto.

A los once años fui a estudiar a un internado. Hice algunas buenas amigas entre las compañeras y era “el ojito derecho” de varias de las monjas. Tenía verdadera obsesión por ser y parecer buena. En esa época, quería sr monja cuando fuera mayor, y santa en la vida eterna, para lo que era imprescindible renunciar al mayor número posible de gozos terrenales. Me quedaba con hambre, pasaba frío, constantemente inventaba y ponía en práctica penitencias… Es la primera vez, que yo recuerdo, que se manifestó en mi carácter una obsesión desmedida de perfeccionismo en cualquier tarea que emprendo.

Sin saber como parar esa angustiosa carrera hacia la santidad, con catorce años hice la maleta, me despedí un sábado de las monjas para volver el lunes, y no regresé al colegio.

Se inició entonces una época que estuvo marcada por la represión constante y sin sentido, por parte de mi padre, de todas mis iniciativas, compensada por una sobreprotección incondicional de mi madre y mi abuela; con la lógica consecuencia de un ambiente familiar insoportable, que yo trataba de evitar pasando la mayor parte del día en la calle, con mis amigos. Tenía una pandilla estupenda, hacía planes de futuro, polemizaba y me divertía mucho con ellos, pero sólo duró un año, porque todos salieron del pueblo para continuar sus estudios y yo tuve que quedarme. Seguramente por eso, estudiar se convirtió para mí en una meta. Mi gran ilusión frustrada era ir a la universidad. Leía todo lo que caía en mis manos; odiaba el pueblo y soñaba con salir de él.

A los 17 años conocí al que sería mi marido, me enamoré perdidamente. Seis años mayor que yo, era perfecto, inteligente, ingenioso, brillante, creativo…Fuimos novios un año y medio del que apenas estuvimos juntos dos meses, el resto del tiempo manteníamos correspondencia diaria.

Me casé con 19 años y a las 24 tenía tres hijos. En pocos meses me dí cuenta de que el hogar familiar no era el paraíso idílico que yo había soñado, ni mi marido el príncipe azul. La inteligencia se convirtió en arrogancia y el ingenio en grosería. Salía mucho, volvía de madrugada y no disimulaba su desprecio por mí. Yo me sentía como un gusano, me abatía y lloraba…hasta que explotaba de rabia y de ira, amenazaba con dejarlo y entonces él pedía perdón, juraba que adoraba y yo me sentía la mujer más feliz del mundo y además una heroína, porque a base de paciencia y abnegación había conseguido salvar mi matrimonio. La paz y la armonía reinaban entonces por una temporada, hasta que cualquier día, y por cualquier motivo (un niño lloraba y no le dajaba ver la tele, o la cena estaba salada, o sosa, o fría…) salía dando un portazo, no sin antes dejar claro que yo, y sólo yo, tenía la culpa de que el se fuera. Por alguna razón que todavía no comprendo yo le creía, me hundía nuevamente, y vuelta a empezar.

Con 32 años conseguí, al fin, algo que me había propuesto muchas veces sin éxito: dejar de fumar. Este fue un hecho decisivo en mi vida porque supuso para mí un enorme ejercicio de fuerza de voluntad, mantenido día a día, por varios meses y me dejó el convencimiento de que podría conseguir cualquier cosa que me propusiera y que dependiera de mi esfuerzo. Ese mismo verano cumplí dos sueños: aprendía a nadar y empecé a estudiar por mi cuenta con la idea de prepararme para la Universidad. Con 35 años aprobé el examen de acceso y comencé la carrera, que completé en un año menos de lo previsto con un expediente brillante.

La Universidad me dio un círculo de amistades propio, compuesto de compañeros y profesores donde me sentía valorada y respetada. Al tiempo que se abrían ante mí nuevas perspectivas, tomaba conciencia de mi incapacidad para gobernar mi vida. Desde que empecé a tener un mundo de relaciones propio vivía un infierno de celos en casa. Sabía que mi marido tenía un problema serio con el juego y me sentía incapaz de afrontarlo. Sentía vergüenza y una culpa inmensa por sufrir y hacer sufrir tanto a mis hijos sin acertar a solucionar mis problemas.

Empeñada en curar a mi marido de su adicción, a mi hijo de su depresión y salvar mi casa de la ruina económica busqué ayuda en AMALAJER. Pero lejos de permitirme cumplir mi misión salvadora, mi hijo se fugó de casa y mi marido pidió la separación. Completamente deshecha arribé a ANNA O.

Aquí encontré un espacio donde hablar de mí, y sólo de mí, sin miedo y sin culpa. Poco a poco fui analizando mis problemas desde una óptica diferente. Aprendí y me habitué a pensar en mi situación desde la posición protagonista y no desde la de víctima pasiva; por tanto mi sufrimiento ya no era la consecuencia de lo que me había pasado, sino de lo que yo había permitido que me pasara. Comprendí que me había llevado al punto donde estaba mi propia forma de entender la vida, aprendida de mi madre y mi abuela, a las que tanto quiero, y quienes me habían inculcado con su propia trayectoria vital la abnegación, el sufrimiento y la renuncia al placer como valores positivos. Valores que tenía que reconsiderar si quería ser feliz. En definitiva, yo tenía que cambiar, no el mundo.

El propio proceso del cambio ya es una aventura fascinante, cada día aprendo algo, me sorprendo de algo, disfruto de algo.

Ahora tengo una casa alegre, en la que mis hijos y yo hablamos sin miedo, compartimos los buenos momentos y también los tristes en un ambiente distendido. Aunque todavía hay algún día malo (tal vez los haya siempre) mi vida está empezando a ser lo que siempre he querido que fuera.

Tengo una familia estupenda a la que quiero y por la que me siento querida y el trabajo que me gusta, el que siempre he querido hacer.

En definitiva, he aprendido a vivir sin miedo al futuro, sé que el mañana puede traer tristeza pero sé también que tengo el valor de superarla y ser feliz y un montón de amigas, de buenas amigas, dispuestas a ayudarme a conseguirlo. “A todas, gracias con todo el corazón.”

P. M.

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