Silencios Rotos R.A. Nº 5 de MUJERES DE ANNA O.

Nací el 6 de Junio de 1956 en una familia humilde con muchos hermanos, muchas necesidades y unos padres incultos, cerrados, brutos y muy agresivos. Que yo recuerde, nunca tuve señales de cariño.

Cuando tenía diez años, todos los hermanos enfermamos de sarampión y se nos complicó al seguir cuidando animales, que era el medio de sustento de la familia. El estar en la calle me dio mucha fiebre, no podía estar de pie, y no me acuerdo del tiempo que pasó antes de que nos metieran en la cama. Recuerdo una mesa en la que me sentaron para pincharme en el costado derecho con una jeringa de medio litro y una aguja muy grande, que se me ha quedado en la memoria como si fuera hoy. De la misma manera se me ha quedado la muerte de mi hermano, pues mientras yo me fui al hospital, él se fue al cementerio quedándoseme un sentimiento de culpa como si yo le hubiera robado la vida. Cuando tenía 16 años me vine con mi hermana y su familia a Torremolinos, para no separarme de mi sobrino de dos años al que quería y quiero mucho. Aquí conocí al que fue el padre de mis dos hijos. Mi hermana, cuando lo vió por primera vez, me advirtió que ese muchacho no me convenía, pero yo como sabía tanto, no haciéndole caso, me quedé embarazada, me casé y empezó mi calvario. Como buena lo elegí como mi padre, perezoso, egoísta e irresponsable. Recuerdo que el único tiempo en que estuve mejor, fue durante el embarazo de mi primera hija, porque cuando nació, empezaron todos los problemas. Se despidió del trabajo y se puso a hacer fotografías a los extranjeros con su mono y un león. En ese verano no íbamos tan mal, pero en invierno no tenía ni para comprar los alimentos que mi hija necesitaba, y ahí fue cuando más sufrí.

Cuando la niña tenía 16 meses, mi marido padeció un accidente y estuvo 3 meses en el hospital. Al salir con aplastamientos de vértebras tuvo que permanecer en una cama con una escayola sin poder moverse. En esas circunstancias me quedé embarazada de mi segundo hijo. Creí volverme loca, trabajaba con contratos de tres meses, preñada y con mi hija tan pequeña.

La única vez que me arrepiento de hacer sido honesta es cuando le dije a la gobernanta la verdad de mi situación. Le pedí que me hiciera un contrato de tres meses para tener el desempleo y en lugar de eso, me dejó sin trabajo. Os podeis imaginar lo que se me vino encima, además mi marido, cuando pudo trabajar venía tarde, según decía, siempre había algún pesado que estaba hasta las 4 o las 5 de la mañana.

Cuando nació mi hijo Alberto lo pasé muy mal. Estuve en la cama más de 15 días sin poder levantarme, me temblaban las piernas, me dolía mucho el cuerpo porque tuve un parto muy difícil. Al mes de su nacimiento ya estaba trabajando, con pocas fuerzas, pero sacando la casa adelante porque mi marido no encontraba para él, pero sí encontraba trabajos para mí.

Mis hermanas querían ayudarme, pero no querían mantenerlo a él, así que mientras criaba, me separé. Lo peor que llevé fue la separación de los niños, porque trabajaba todo el día y parte de la noche limpiando en una casa y en un hotel para pagar todas las deudas que me quedaron. Mis hermanas se encargaron cada una de un niño y yo iba a verlos cuando podía. Así estuve nueve meses que se me hicieron eternos.

Después de tantas tristezas, el mejor regalo me llegó en forma de trabajo, que es el que actualmente tengo en un colegio del Ayuntamiento. Así pude tener a mis dos hijos conmigo y un sueldo fijo. A los dos años de separarme me hice un gran regalo: el carnet de conducir. Y me compré un coche. Al poco tiempo me vino el pago de la casa que había solicitado del Estado, pensando que tardaría años en empezar a hacerlo. Así que me enganché pagando coche y casa, pero seguí trabajando en el hotel para amueblar la casa; alquilé el apartamento en el que vivíamos pensando pagar la universidad para cuando los niños fueran mayores, pero me ha salido el tiro por la culata, porque ninguno de los dos quiere estudiar una carrera, aunque aún no he perdido la esperanza.

Durante todos estos años desarrollé mi parte de madre responsable olvidándome de la parte de mujer, como la he olvidado ahora al escribir. La vida se me pasó sin saber nada de hombres, no permití que se me acercaran a menos de un metro, pero conocí a un compañero de trabajo que venía de la Comunidad Valenciana y como el apartamento casualmente lo tenía libre, se lo alquilé. Yo también me sentía libre después de tanto luchar, así que me enamoré perdidamente, parecía una botella de cava que al darle un poco de aire, explotara sin calibrar las consecuencias. Aquello me hizo sufrir al no abrirla despacio. Recuerdo que fue como un volcán que surge de pronto, y tal como surgió, se apagó. Para apagarlo recibí mucha ayuda en el Centro Anna O. Aquí adquirí fuerzas para cerrar las heridas que esta experiencia me abrió.

Con el tiempo fui colocando otra vez las piezas en su sitio y empecé a salir con amigas. Una buena amiga me presentó a mi actual pareja y esta vez ha sido una botella de vino de gran reserva, que como buen entendedor, se lo toma despacio, degustando este caldo de buen sabor, olor y olor, aunque permanece la desconfianza de que este vino sea para mí y tengo miedo de que se avinagre. No recuerdo haberme sentido querida por ningún hombre, de modo que persiste en mí la sensación de que éste no me quiere lo suficiente. Tengo que decir en su favor, que hasta ahora, más de lo que nunca podía soñar, me llena de atención, amabilidad, está pendiente de lo que me gusta, realizo viajes que jamás podía imaginar…

Por fin, después de tanto sufrimiento me encuentro disfrutando de lo que nunca había disfrutado antes, de esos pequeños placeres que me da la vida, como oler las flores, mirar los pájaros y escucharlos cantar cuando voy al trabajo, paseando al amanecer, viendo como sale el sol cada día.

R.A.

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