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Amor y el Amor

Roberto Ferri. Morte di Amore. 2010

Las  redes sociales son el ágora del mundo actual, la plaza pública donde cada quién desde sus intereses y desde su sensibilidad expone ideas, difunde las de otros, o simplemente curiosea, cotillea, frecuenta a los conocidos, llena el tiempo… lo que falta de rigor y objetividad en muchos de los contenidos que por ellas circulan lo compensa con creces la libertad absoluta que cada usuario tiene para difundir lo que le place: su vida, sus relaciones, sus ideas o sus intereses.

A través de Facebook me ha hecho llegar una entrañable amiga, compañera de estudio y trabajo, la imagen que encabeza la página, una pintura al óleo del pintor italiano Roberto Ferri, realizada en 2010 y titulada “Morte di Amore” (Muerte de Amor), acompaña la imagen con una breve aclaración, “Interesante versión de Amor, Cupido para los que quizás no tengáis a mano en vuestro recuerdo la iconografía griega”.

PAQUI MORENO FUENTES

El trabajo de este artista que recoge en su obra influencias del naturalismo barroco y de los pintores simbolistas, unido a la breve aclaración que hace mi inteligente amiga me han hecho caer en la cuenta de la facilidad con la que el lenguaje  nos puede confundir.

Como puso de manifiesto Carlos Castilla del Pino en su excelente trabajo La incomunicación, el lenguaje que nos estructura, que da forma a nuestras conexiones cerebrales y determina el modo en que se relacionan nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras somatizaciones y nuestras acciones, la principal herramienta que tenemos para comunicarnos los seres humanos, es  también la mayor barrera a la comunicación, la imposibilidad de la comunicación completa,  porque las palabras remiten a conceptos y sentimientos que cada cual construye desde su subjetividad. Si a esto añadimos su capacidad polisémica por la que una misma palabra puede remitir a varios significados, la cuestión se complica considerablemente.

Así ocurre con el título de esta obra, este bello desnudo masculino, en que la palabra Amor, remite a dos conceptos muy distintos, ambos incompatibles con la muerte. Este contraste de opuestos y  esta pluralidad de sentido es la esencia del pensamiento barroco y en ellos reside la expresión de belleza plasmada en pintura, música o poesía.

-          Amor es el dios pagano, hijo de Venus, portador de las flechas que inflaman o matan el deseo erótico.

-          El amor es el sentimiento humano bajo cuya protección se unifican todas las pulsiones.

En la primera acepción, Amor (Cupido) dispara sus flechas a los mortales. Si la flecha es dorada y afilada, quien recibe la herida sólo puede sucumbir a la pasión amorosa, sin que para su mal haya alivio si no es la consumación de la unión carnal con la persona amada. Si por el contrario dispara una flecha plúmbea y roma, la persona queda incapacitada para el amor y permanece fría a las miradas o las súplicas de quién se enamore de ella.

El poder de las flechas afiladas o romas de Amor quedó plasmado en la historia de Apolo y Dafne, heridos con dardos de distinto signo, e imposibilitados por ello para escapar a su desgraciado destino, Dafne se convirtió en laurel, desesperada por escapar a las caricias de Apolo, que sólo pudo llorar su pérdida y adoptó este árbol como símbolo.

La propia figura de Amor ha servido para representar visualmente el gozo del enamoramiento, retratándolo alegre y jugando con las flechas, o la pérdida del mismo, en cuyo caso se representa desvanecido o muerto. La representación de Amor (Eros) muerto es un desplazamiento de su función original, una licencia adoptada por los artistas, muy efectiva visualmente, como vemos en la obra de Roberto Ferri con la que encabezo el texto, una expresión de la pérdida del deseo erótico, de la mirada de deseo del otro, del dolor que representa y del duelo que nos requiere.  Amor, o Cupido, se ha representado en el arte de modo muy diferente según los usos amorosos, la mentalidad o los intereses de los comitentes en cada  época.

En el Renacimiento se le suele representar como un angelote regordete y juguetón, como en este fresco de Rafael, iconografía a la estamos ahora muy acostumbrados  porque la han recuperado las firmas comerciales para promocionar la celebración de San Valentín.

En el Barroco es frecuente  verlo como púber   en representaciones que hoy serían consideradas poco respetuosas con la infancia. Este lienzo que Caravaggio pintó para  Vicenzo Giustiniani, que tituló   Amor victorioso, ilustra magníficamente lo que digo.Ha sido interpretado, con arreglo a la complejidad y multiplicidad de significados habitual del pensamiento barroco como el triunfo del amor terrestre sobre las artes y las ciencias, por algunos, y por otros como el triunfo del amor divino sobre las aspiraciones humanas. El desnudo púber más humano que heroico ha sugerido también la interpretación homosexual.

En el siglo XIX se generaliza su representación como hombre joven emparejado con Psique, la diosa de la razón, en  actitud amorosa, como en esta obra del pintor francés Bouguereau o en la muy conocida escultura de Antonio Canova que Ana Cristina Carlós ha elegido como presentación de su curso sobre la sexualidad humana.

Recordemos que es este siglo el que recoge los logros del pensamiento ilustrado y su reacción: Romanticismo, Neoclasicismo y Simbolismo se suceden acabando por conformar e imponer ideas y aspiraciones nuevas e impensables anteriormente para nuestra cultura, como la elección de pareja o la libertad individual. La iconografía de la Razón es una figura femenina que se enlaza a Eros (Amor) para que el amor, la simbiosis de ambas, pueda existir.

La pintura de Roberto Ferri que encabeza  esta reflexión es un buen ejemplo de la evolución de su iconografía, actualmente, tanto en arte como en publicidad, se impone un modelo masculino plásticamente bello, eróticamente atractivo para las mujeres y capaz de convertirse en un icono gay. Nue

stra cultura ha convertido el erotismo en un producto más de consumo y el hedonismo que sustenta un modelo de vida basado en consumir y desechar cada vez más deprisa ha propiciado la primacía del erotismo y la devaluación de las relaciones amorosas.

Venus y su hijo Amor, con su capacidad de despertar el deseo erótico o de matarlo es el modo que la cultura clásica ha tenido de simbolizar verbal y plásticamente la pulsión amorosa que se despierta por el otro, por la mirada del otro, simbolizada por las flechas.

Pero el amor, el sentimiento humano por el que merece la pena vivir, se activa con el deseo erótico pero es mucho más que eso, el amor se construye en relación con el otro y necesita del otro para existir, pero no depende para ser y crecer de su mirada, sino de nuestra posición. La pérdida del deseo que, no lo olvidemos, es siempre deseo del otro, requiere un duelo y un duelo penoso, pero no aniquila nuestra capacidad de amar.

El amor es un constructo, es decir, algo que tenemos que construir,  engloba la totalidad de las emociones humanas que bajo su protección se pacifican, el amor nos humaniza, construir relaciones amorosas es una tarea de vida que nos exige una actitud de alerta, nos pide mirar y escuchar al otro, nos requiere  una posición activa.

Si Amor por su condición de dios es inmortal, el amor es exactamente lo contrario de la muerte.

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