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Silencios Rotos B.D.P. Nº 7 de MUJERES DE ANNA O.

Si tuviera que hablar sobre mi vida no sabría cómo empezar, pero ya puesta…mi vida giraba en torno al silencio, el no saber qué pensar ni que decir ante las situaciones que viví en un entonces, y tener que callar, a la vez de ir apagándose poco a poco.

Recuerdo mi infancia muy triste y sin ninguna motivación que fuera positiva. Me sentía sola en el mundo y por lo tanto, sin protección. Y si la tenía, no la sentí. Recuerdo, en líneas generales, que era una chica con ganas de amar y ser amada, de no parar de jugar; sobre todo juegos de mucha acción como el futbol, el pilla pilla…Sin embargo veía en la gente, sobre todo en mi madre, que esos gustos no eran adecuados para una chica como yo. Sentí que me discriminaban hasta tal punto que me decían macho perico.

Yo no entendía el motivo de tal denominación cuando simplemente hacía lo que me gustaba. En cuestión de sentimientos, la verdad, lo viví como algo aterrador, mi madre era muy severa conmigo, y tenía un padre ausente, percibía que en su matrimonio faltaba algo. Y supongo que construí un castillo en el aire alejándome de la gente que me rodeaba. Sentía como poco a poco mis compañeros de clase no me tenían en cuenta, era un cero a la izquierda. Y mucha más fuerte era sentir, que aunque me mostraba pasiva, sabía perfectamente que tenía cualidades sobresalientes para estar a la altura de todos los demás. Y también sabía que algún día podría ejercerlas. Sólo era cuestión de esperar el momento adecuado.

La espera fue larga y errante. Tan perdida y desorientada estaba, que todo el mundo, supongo, perdió la esperanza de verme renacer algún día, excepto mi madre. Pero yo por ella no podía hacer nada o tal vez (y seguro que era eso), no me apetecía hacer nada por ella, ¡la hacía sufrir a conciencia!, sin embargo, yo no me daba cuenta. Sólo sentía dolor y más dolor, recuerdo que me ensombrecían y dejé por un tiempo de ver la luz.

No sé concretamente cuales fueron los motivos que me hicieron volver a sentir, aunque de una forma superficial, todo lo que me acontecía en el mundo (puede que algunas cuestiones que me planteaba el psicólogo de aquel entonces cuando tenía unos trece o catorce años). Pero bien sé que era como salir del fango y tener que despojarme de todo ese mal olor, despojo barroso o pegajoso que difícilmente podía quitarme. O cómo salir de la propia tumba, en la que me metí yo sola.

En mi adolescencia, sentía intensamente, aunque tenía mucha dificultad para expresar los sentimientos (me refiero a los amorosos porque los desgarradores y atroces los empleaba muy bien). Mis normas de comportamiento chocaban contra las de todos los demás. Era como si tuviese que acudir a clases particulares para aprender las normas básicas de una civilización, aunque tan déspota como la occidental. Era tan cruel sentir la soledad social…

Nadie podía abrirme camino, sólo yo misma. Pero yo le echaba la culpa a los demás.

Y en cuestión de chicos, mejor no hablar pues, si poseía un comportamiento inusitado y ni tenía zorra idea de cómo entablar una conversación, mucho menos me podía acercar a los chicos. Es más, unos pocos de ellos, en la época del instituto, debieron ver algo en mí de incivilización o insociable, pues me hicieron sufrir durante cinco años. Me sentí señalada y puesta en un rincón como a los pequeños. Así me sentía, como una niña que no sabía resolver los problemas cotidianos y que no podía enfrentarse a ellos; pero ¡es que no sabía ni tan siquiera cómo empezar!

Sí tuve una leve recuperación con unos quince o dieciséis años, bueno, sería el golpe desde donde caí. Rocé la tentación que desprende la droga y contacté con malas influencias que me agrietaban la mente y helaban mi cuerpo.

Los días pasaban como un sueño, y las horas se hacían interminables. La poca gente que estaba a mi lado, se alejaron. Sólo había un chico, que más que ayudarme, se apoyaba en mí. Fue bestial. Atrapada en mi pasado, no sabía qué hacer en el presente, mientras esperaba un futuro incierto. Aquí es donde comenzó mi nueva etapa hacia un desarrollo personal o renacer de nuevo con ayuda del Centro Anna O. Me han hecho sentir tantas cosas que las quisiera decir todas a la vez. Me dí cuenta que había gente que me podía ayudar, pero para ello yo tenía que poner de mi parte. Yo hablaba…, me escuchaban y me hablaban, me comprendían y las comprendía. Una y otra vez ese mismo proceso durante un año y medio hizo percibir en mi conciencia que existo y que ocupo un lugar en este mundo. Un asunto muy importante en mi vida y del que me he dado cuenta mientras escribía mi historia, es la dejar de escuchar esas vices que me decían “macho perico”, puesto que esto no tenía que definir así mi personalidad o mis tendencias sexuales; simplemente me gustaban los juegos de niños, en vez de jugar con las muñecas. He llegado a un punto en que ya me importa menos ”el que dirán” de la gente sobre qué tipo de persona soy o de mujer. Eso sólo me impediría alcanzar el lugar al que quiero llegar. Por eso sigo aquí en Anna O, para ver con luz propia mi vida pasada, para saber qué hacer en el presente y construir un futuro prometedor y gozoso.

B.D.P.

Nº 7 de MUJERES DE ANNA O.

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Silencios Rotos E.M. Nº 6 de MUJERES DE ANNA O.

Entré en el grupo de jóvenes cuando tenía 20 años, ahora tengo 24 y soy voluntaria. He cambiado mucho desde que llegué a Anna O. El tiempo pasa rápido pero aún me acuerdo de cuando lloraba, no sabía en ese momento el por qué, pero algo me pasaba. Sufría mucho, lloraba cada noche, no podía dormir. Rezaba a Dios para que la angustia pasara, como lógicamente no hubo ningún cambio, dejé de rezar y esperaba que el tiempo me curase, “no hay mal que cien años dure” pensaba. Finalmente, desesperada, decidí pedir ayuda.

Toqué varias puertas pero la única que me ofreció ayuda completa e inmediata fue Anna O. Vine pidiendo soluciones rápidas, quería que me dijesen lo que tenía que hacer con mi vida y, por supuesto, que no me llevasen la contraria. Ellas me ofrecieron escucha y me dieron la oportunidad de hablar de mí. Lo único que tenía que hacer era hablar, en principio me parecía muy simple. ¿Cómo a través de la palabra podría curarme? Era demasiado fácil, pensaba. Sin embargo. Cuando llegué al grupo, no podía casi hablar, lloraba tanto que no me salían las palabras. Eso tan sencillo me removía mi pasado y dolía mucho. Recuerdo que mis frases comenzaban siempre con “mi madre…” tal… Descubrí que mi vida giraba en torno a ella, me fue difícil reconocerlo pero el centro de mi vida. Eran peleas y discusiones continuas con ella y con mi hermano. Con mi padre no reñía porque vive en Bilbao y no lo veía, aún así estaba también enfadada con él.

En los grupos, poco a poco fui cambiando, llorando salía mi rabia y hablando me iba liberando de ella y de mi pasado, me convertía cada vez en persona. Poniendo palabras a lo que sentía me encontraba mejor, ya no era algo tan grande como a mí me lo parecía. Aprendí a escuchar a mis compañeras y a mí misma, ellas tenían problemas iguales a los míos. Escuchándolas y hablando de ellas, sin saberlo, me escuchaba y hablaba de mí; ellas eran el reflejo de mí misma. En un principio no pensaba que “yo” tuviese que ver algo en mi malestar, la “culpa” la tenían los “otros”. Ahora se que he tenido un papel protagonista en mi vida. He hecho mucho daño a las personas que quiero y he utilizado a otras. Ser consciente de esto es duro, tenía muy bien montado el papel de “niña víctima y buena”, máscara que encubría todo lo contrario.

Ahora, tras casi cuatro años en grupos, a mi familia la quiero más que antes, bueno mejor dicho, antes no quería a nadie, estaba tan centrada en mi yo y mis problemas que no miraba más allá. Pienso que he crecido mucho desde que estoy en Anna O, pero aún me queda un largo camino. He estado tanto tiempo pendiente de mi madre y de su vida, que ahora cuando me enfrento a la mía, me da miedo. Ser una mujer adulta significa mucho para mí, no sólo por asumir responsabilidades y tomar el rumbo de mi vida, sino porque he renunciado a mis fantasías infantiles: mi pasado es ese y los hechos pasaron de ese modo.

En estos momentos me acuerdo más que nunca de un dicho popular “La vida es aquello que pasa mientras tú haces otros planes para cambiarla”.

E.M.

Nº 6 de MUJERES DE ANNA O.

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Silencios Rotos R.A. Nº 5 de MUJERES DE ANNA O.

Nací el 6 de Junio de 1956 en una familia humilde con muchos hermanos, muchas necesidades y unos padres incultos, cerrados, brutos y muy agresivos. Que yo recuerde, nunca tuve señales de cariño.

Cuando tenía diez años, todos los hermanos enfermamos de sarampión y se nos complicó al seguir cuidando animales, que era el medio de sustento de la familia. El estar en la calle me dio mucha fiebre, no podía estar de pie, y no me acuerdo del tiempo que pasó antes de que nos metieran en la cama. Recuerdo una mesa en la que me sentaron para pincharme en el costado derecho con una jeringa de medio litro y una aguja muy grande, que se me ha quedado en la memoria como si fuera hoy. De la misma manera se me ha quedado la muerte de mi hermano, pues mientras yo me fui al hospital, él se fue al cementerio quedándoseme un sentimiento de culpa como si yo le hubiera robado la vida. Cuando tenía 16 años me vine con mi hermana y su familia a Torremolinos, para no separarme de mi sobrino de dos años al que quería y quiero mucho. Aquí conocí al que fue el padre de mis dos hijos. Mi hermana, cuando lo vió por primera vez, me advirtió que ese muchacho no me convenía, pero yo como sabía tanto, no haciéndole caso, me quedé embarazada, me casé y empezó mi calvario. Como buena lo elegí como mi padre, perezoso, egoísta e irresponsable. Recuerdo que el único tiempo en que estuve mejor, fue durante el embarazo de mi primera hija, porque cuando nació, empezaron todos los problemas. Se despidió del trabajo y se puso a hacer fotografías a los extranjeros con su mono y un león. En ese verano no íbamos tan mal, pero en invierno no tenía ni para comprar los alimentos que mi hija necesitaba, y ahí fue cuando más sufrí.

Cuando la niña tenía 16 meses, mi marido padeció un accidente y estuvo 3 meses en el hospital. Al salir con aplastamientos de vértebras tuvo que permanecer en una cama con una escayola sin poder moverse. En esas circunstancias me quedé embarazada de mi segundo hijo. Creí volverme loca, trabajaba con contratos de tres meses, preñada y con mi hija tan pequeña.

La única vez que me arrepiento de hacer sido honesta es cuando le dije a la gobernanta la verdad de mi situación. Le pedí que me hiciera un contrato de tres meses para tener el desempleo y en lugar de eso, me dejó sin trabajo. Os podeis imaginar lo que se me vino encima, además mi marido, cuando pudo trabajar venía tarde, según decía, siempre había algún pesado que estaba hasta las 4 o las 5 de la mañana.

Cuando nació mi hijo Alberto lo pasé muy mal. Estuve en la cama más de 15 días sin poder levantarme, me temblaban las piernas, me dolía mucho el cuerpo porque tuve un parto muy difícil. Al mes de su nacimiento ya estaba trabajando, con pocas fuerzas, pero sacando la casa adelante porque mi marido no encontraba para él, pero sí encontraba trabajos para mí.

Mis hermanas querían ayudarme, pero no querían mantenerlo a él, así que mientras criaba, me separé. Lo peor que llevé fue la separación de los niños, porque trabajaba todo el día y parte de la noche limpiando en una casa y en un hotel para pagar todas las deudas que me quedaron. Mis hermanas se encargaron cada una de un niño y yo iba a verlos cuando podía. Así estuve nueve meses que se me hicieron eternos.

Después de tantas tristezas, el mejor regalo me llegó en forma de trabajo, que es el que actualmente tengo en un colegio del Ayuntamiento. Así pude tener a mis dos hijos conmigo y un sueldo fijo. A los dos años de separarme me hice un gran regalo: el carnet de conducir. Y me compré un coche. Al poco tiempo me vino el pago de la casa que había solicitado del Estado, pensando que tardaría años en empezar a hacerlo. Así que me enganché pagando coche y casa, pero seguí trabajando en el hotel para amueblar la casa; alquilé el apartamento en el que vivíamos pensando pagar la universidad para cuando los niños fueran mayores, pero me ha salido el tiro por la culata, porque ninguno de los dos quiere estudiar una carrera, aunque aún no he perdido la esperanza.

Durante todos estos años desarrollé mi parte de madre responsable olvidándome de la parte de mujer, como la he olvidado ahora al escribir. La vida se me pasó sin saber nada de hombres, no permití que se me acercaran a menos de un metro, pero conocí a un compañero de trabajo que venía de la Comunidad Valenciana y como el apartamento casualmente lo tenía libre, se lo alquilé. Yo también me sentía libre después de tanto luchar, así que me enamoré perdidamente, parecía una botella de cava que al darle un poco de aire, explotara sin calibrar las consecuencias. Aquello me hizo sufrir al no abrirla despacio. Recuerdo que fue como un volcán que surge de pronto, y tal como surgió, se apagó. Para apagarlo recibí mucha ayuda en el Centro Anna O. Aquí adquirí fuerzas para cerrar las heridas que esta experiencia me abrió.

Con el tiempo fui colocando otra vez las piezas en su sitio y empecé a salir con amigas. Una buena amiga me presentó a mi actual pareja y esta vez ha sido una botella de vino de gran reserva, que como buen entendedor, se lo toma despacio, degustando este caldo de buen sabor, olor y olor, aunque permanece la desconfianza de que este vino sea para mí y tengo miedo de que se avinagre. No recuerdo haberme sentido querida por ningún hombre, de modo que persiste en mí la sensación de que éste no me quiere lo suficiente. Tengo que decir en su favor, que hasta ahora, más de lo que nunca podía soñar, me llena de atención, amabilidad, está pendiente de lo que me gusta, realizo viajes que jamás podía imaginar…

Por fin, después de tanto sufrimiento me encuentro disfrutando de lo que nunca había disfrutado antes, de esos pequeños placeres que me da la vida, como oler las flores, mirar los pájaros y escucharlos cantar cuando voy al trabajo, paseando al amanecer, viendo como sale el sol cada día.

R.A.

Nº 5 de MUJERES DE ANNA O.

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