Silencios Rotos M.G.B.E. Nº 4 de MUJERES DE ANNA O.

Soy ama de casa y quiero compartir con vosotras lo que ha sido mi vida y lo que es actualmente.

Nací en un pueblecito andaluz, en una familia humilde, compuesta por tres varones mayores, mi hermana gemela y yo.

Mis padres se habían casado después de haber tenido seis hijos, uno de ellos muerto, y dos abortos; nosotras nacimos dentro del matrimonio.

Mi padre se había vuelto loco unos años atrás y después quedó tonto según mi madre, así crecí, con un padre poco común y compadeciéndole.

A pesar de todo mi infancia fue tranquila y feliz; entre juegos, la escuela, las tareas del campo y mi fantasía llegué a las puertas de la adolescencia. Antes de cumplir los catorce años, mi madre tomó la decisión de mandarme a la ciudad a trabajar como cocinera en la casa de un teniente coronel, después de todo, ya sabía las “cuatro reglas”.

Me dejó en aquella casa, asustada y con el mandato de que “debía” ser obediente, buena, limpia y trabajadora para evitar que me despidieran, de lo contrario sería vergonzoso. Me costó muchísimo adaptarme a una nueva forma de vida y con gran esfuerzo logré el deseo de mi madre. Pude demostrarle con creces que no era tan inútil como me había dicho alguna vez.

Diez años después, salía de aquella casa para casarme con un joven maravilloso, educado y culto; nos queríamos muchísimo y nuestro deseo era estar juntos, después de cinco años de noviazgo.

Nos marchamos llenos de ilusiones y deseos a otra ciudad. Recuerdo que la primera vez que ví nuestra casa lloré de felicidad, porque al fin iba a tener una familia y un hogar.

Acostumbrada al trabajo como estaba, le expresé a mi marido mi deseo de colaborar en la economía de la casa, pero él me convenció de que lo mejor sería que me dedicase a cuidar de nuestros hijos y que él se ocuparía de traer el sustento. Accedí por complacerle porque quería ser una buena esposa y una madre ejemplar.

Tuvimos dos hijas maravillosas a las que me entregué por completo. Mi vida se movía alrededor de mis hijas y de mi marido. Tenía pocas amigas ya que cunado conseguía alguna, coincidía que debíamos trasladarnos.

Sufrí una fuerte depresión aparentemente sin motivos, nuestra economía había mejorado, nuestras hijas estaban sanas y no daban grandes complicaciones. Mi marido era atento, cariñoso y le gustaba estar en casa; él no entendía lo que me pasaba y yo tampoco, así que me sentía culpable por el malestar que sufría. Logré salir de la depresión y algún tiempo después nos trasladamos a Málaga. Me costó tiempo y trabajo adaptarme a otra forma de vida. Mis hijas estaban asustadas, fue un cambio muy brusco para ellas, pues dejaron el colegio un viernes en una ciudad, para volver a otro el lunes siguiente en otra ciudad.

Empecé a preocuparme en exceso por ellas, sobre todo por la pequeña, pues no adelantaba en el colegio. Mis nervios la mayoría del tiempo los tenía a flor de piel y estaba cada vez más insatisfecha.

Cuando mi hija mayor hacía segundo de BUP, dio un cambio tan grande que no supe encajarlo, siempre había demostrado ser más madura de lo que le correspondía por su edad. Algo dentro de mí me decía que era cosa de la edad, estaba en la adolescencia y era lógico el cambio. Me proponía ser más flexible con su nueva forma de ser pero no lo lograba y después me sentía culpable por mi comportamiento con ella. Realmente nuestra relación empeoraba día a día, las discusiones y malos entendidos se hacían frecuentes entre las dos, y por supuesto, las relaciones con mi marido tampoco eran saludables y mi hija menor cada vez estaba más confundida y triste.

Un día me dijo muy seria que a veces sentía deseos de quitarse la vida, tenía ocho años, me asusté tanto, que aunque quise no darle importancia, mi hija me notó el miedo e intentó convencerme de que no era cierto.

La llevé a una psicóloga, la estuvo tratando durante un año, al cabo del cual me comunicó que la niña estaba bien, pero que en cambio veía la necesidad de que fuese yo quien me pusiera en tratamiento. Por un momento me sorprendió, pero reaccioné enseguida y comprendí que realmente yo no estaba bien. Empecé las sesiones con ella pero no sabía hablar de mí, hablaba de mi hija mayor y de los problemas que teníamos, empecé a entender algunas cosas pero me cansé pronto de la terapia y al año y medio, le comuniqué que no volvería a ir.

El malestar interior que había sentido durante las discusiones con mi hija y las tensiones acumuladas, se reflejaron en mi cuello, produciéndome dos hernias cervicales, que me impedían mover el cuello. Cada vez podía hacer menos cosas. El traumatólogo cansado ya de hacerme pruebas y ante la imposibilidad de que mejorara con sus tratamientos, me recomendó un psicólogo, de modo que arribé al Centro de Ayuda Anna O.

Después de una entrevista con una profesional, entré en un grupo. Al principio dudaba de si aquello funcionaría, pero a lo largo de dos meses de grupo previo, me fue gustando la forma de trabajar. El ver casos similares al mío, la comprensión que encontré dentro del grupo hizo que continuara.

Empecé un trabajo terapéutico muy constructivo, duro a veces, pero era la forma de conocerme a mí misma, de enfrentarme a mis problemas y darles solución.

Mi vida ha dado un cambio fantástico. Ahora me siento una mujer más libre, segura, comprensiva, útil y más sana. Las relaciones con mis hijas son muy buenas; la mayor ha terminado su carrera brillantemente y la menor se ha convertido en una adolescente feliz y segura, pronto terminará sus estudios.

Mi marido y yo podemos entendernos mejor, nuestras relaciones a todos los niveles han mejorado considerablemente y cuando discutimos lo hacemos con el ánimo de ayudarnos a crecer interiormente; sobre todo sabemos lo que queremos.

Después de dos años de terapia sigo en el CENTRO ANNA O, preparándome para ayudar a otras mujeres que acuden a este Centro con el deseo de mejorar su salud.

Realmente mi vida tiene más sentido porque tengo vida propia.

M.G.B.E.

Nº 4 de MUJERES DE ANNA O.