Silencios Rotos E.F.V. Nº 9 de MUJERES DE ANNA O.

Erase una vez una princesita pequeña y preciosa que vivía en un país encantado, lleno de brujas y monstruos…

Así podría empezar cualquier historia de las que solía contar mi abuela. Todavía puedo escuchar su dulce voz, sus palabras reconfortantes y suaves, y el chirriar de la butaca al mecerse. En realidad, así podría empezar también la historia de mi vida, más aún, así siento que empieza la historia de mi paso por las tres Convivencias a las que he asistido en Anna O.

Hace tres años me sentía sola y perdida, pero ¿no es curioso?, ni siquiera lo sabía, sentía un malestar tan intenso y profundo que no me permitía respirar, no podía vivir en realidad, ahora que lo pienso, sé que no respiraba, que no vivía, estaba muerta. Muerta en vida.

Inicié mi andadura por el Programa. Poco a poco iba haciendo cambios, pero eran muy pequeños, o al menos, yo así lo sentía, y la impaciencia hacía cada día más mella en mí, quería acabar cuanto antes. (¿Acabar no es acaso también morir?).

Guardo en mi mente como uno de mis tesoros más preciados el recuerdo de aquella conversación con mi tía, a la que tengo que dar las gracias desde aquí, porque siempre supo estar ahí, a mi lado, cuando las fuerzas me flaqueaban. No creo que hubiera sido capaz de seguir adelante sin nuestras charlas, sin sus palabras, dichas en el momento justo, cuando sentía que me derrumbaba, que me rendía. Quisiera decirle lo afortunada que me siento por tenerla como amiga y lo mucho que la quiero.

En aquella conversación ella me preguntaba si pensaba ir a las Convivencias, yo las había leído en el tablón de anuncios, pero la idea no me llamó mucho la atención o mejor dicho procuré que no me la llamara. Cuando le contesté que no, me dijo que no las dejara pasar, que siempre había un antes y un después de las convivencias, que me iba a servir para “trabajar” mucho y supongo que sabéis que no me refiero al trabajo físico. Así que, me decidí y fui. Aquello fue un gran descubrimiento y efectivamente, como mi tía que había dicho, me ayudaron mucho. Aquellas primeras convivencias me sirvieron para rascar las primeras capas de una armadura que ya estaba oxidada. Fueron largas y duras, quise irme a casa en muchos momentos, desaparecer, escaparme de allí y refugiarme debajo de las faldas de mi madre, meterme en su regazo seguro y protector, cual niña pequeña y dejar que el mundo siguiera girando a mi alrededor.

Al siguiente año ya no necesité que nadie me preguntara. Corrí a apuntarme aunque conforme pasaban los días y las convivencias se acercaban, el pánico se ioba apoderando de mí.

Estas segundas convivencias fueron decisivas en mi vida.

Llegué como una niña, a la que intentaron seducir con un tema para “trabajar” muy facilito: “Vamos a jugar” y decidí que yo, allí, no había ido a jugar, y no jugué. En el transcurso de estas convivencias, a la niñita le contaron un cuento que le sirvió para desprenderse de su amada abuelita. Me abracé a ella por última vez y la dejé ir, se fue, no sin antes dejarme la moraleja del cuento: ¡Quiérete a ti misma!. La manera de quererte es sabiendo con certeza quién eres, a dónde vas y qué quieres hacer con tu vida.

Estas últimas convivencias, también han sido muy ricas y fructíferas, no ha sido nada fácil enfrentarse a la pérdida, pero un grupo de mujeres valientes y decididas lo hicimos.

De esta pugna saqué un montón de descubrimientos, pero el más importante para mí ha sido el encontrarme con mi madre, con la madre de la mujer que ahora escribe, dejé atrás el recuerdo de madre que la niña de mi interior tenía o que había siempre querido tener y me encontré con la madre que tengo, la real. Las aguas bravas volvieron a su cauce y hallé un mar en calma lleno de tolerancia y paz.

Quisiera mamá, darte las gracias por estar siempre ahí, a mi lado, a pesar de mi intolerancia, de mi incomprensión, de mi falta de amor y entendimiento, nunca te rendiste y seguiste luchando por mí y por nosotras. ¡Lo hiciste muy bien! Gracias, y recuerda mamá, que te quiero, aunque a veces no sepa decírtelo.

Todo el duro camino recorrido ha merecido la pena, porque al final de él, te he encontrado, y lo que es más importante, me he encontrado a mí misma. Ahora los monstruos y las brujas se fueron y la princesita ya no existe, ha desaparecido para dar paso a una mujer que vive en el mundo de hoy. ¡¡¡Por fin estoy viva!!!.

Gracias a todas las mujeres, coordinadoras, voluntarias y usuarias del Programa. Sin lo que ellas me han dado, nunca habría sido capaz de llegar a este punto del camino.

Para terminar quisiera citar una frase de una de las canciones de mi cantante favorita:

“Sé que morir no es más que estar un tiempo fuera y sé que vivir es entender que el cielo espera.”

E.F.V.

Nº 9 de MUJERES DE ANNA O.