Silencios Rotos M.C.L.J. Nº 10 de MUJERES DE ANNA O.

Llegué a Anna O en un momento de mi vida en el que me encontraba muy mal. Me reconocía confusiones de todas clases.

Tenía problemas con mi familia, marido, hijos y sobre todo conmigo misma.

Llegó un momento en que la comunicación en casa era imposible.

Mi marido pasaba de mí (la verdad que tal y como yo me sentía, no era una compañía muy agradable para nadie).

Me sentía sin salida, muchas veces me hice la pregunta: ¿si dicen que hay caminos, dónde están?

La salida más rápida fue llorar. Lloraba cada día. Había perdido las ganas de vivir. Recuerdo algunas de mis mañanas, con todo por hacer y yo tumbada en la cama boca abajo llorando. Nadie había en casa para verme. Supe que nadie podría venir para ayudarme; sólo yo podía hacerlo ¡que duro!

Decidí ir al médico y éste cuando me vio me diagnosticó ¡¡Depresión!! No me gustó en absoluto la “palabrita” Depresión. Me resistía a tener la enfermedad de tantas mujeres de mi edad, sabía que de aceptarla había dos caminos: adormecer los problemas con medicamentos o tratar de buscar la raíz de sus orígenes.

Dentro de mí, anidaba la idea de cambiar ciertas costumbres tradicionales que no me convencían. Opté por la segunda idea asi se lo hice saber al doctor y creo que él lo tuvo claro.

Esta vez me sirvió para algo el querer ser diferente. “No quiero anestesiar mis males con pastillas”, le dije.

Aún así me recomendó una semana de tratamiento al que él nombró “flojito”, quizás por no salirse de las normas.

A la semana siguiente me preguntó: “¿cómo te sientes, has notado mejoría alguna?” “¡No!”, respondí yo.

Me recomendó una psicóloga. Fui a algunas sesiones con ella y empecé a sentirme mejor. Me resultó placentero charlar con ella.

Es curioso, a veces con esos deseos de ser algo más, puedes creer que eres más rara que nadie. Con esta señora advertí que yo no era el bicho más raro, era un bicho corriente, sentí alivio y mejoría.

Dejé las sesiones y volví a mis tareas. Seguí teniendo problemas, en los que yo no sabía desenvolverme. Mi inseguridad aparecía en cada momento. Con mi hijo mayor, ya adolescente, lo llevaba fatal. Éste se estaba haciendo mayor y me quería hacer pagar los fallos cometidos por mi parte con él en su educación. Llegó la cosa a tal punto que un día, desesperada, me tropecé con un anuncio de los novecientos refiriéndose a la ayuda a la mujer. De número en número de teléfonos explicando siempre mi problema, llegué hasta el de Anna O.

Desde el momento en que me atendieron, que fue por teléfono, empezaron a sorprenderme cosas.

Me gustó oir la voz cálida y tranquilizadora de Pepa. La seriedad con la que aquí se trabaja, el respeto. Aquí no sentí lo que en otros sitios en donde cada uno piensa y actúa a su modo.

Me gustó que las personas que estaban en la tarea, hablaban con un mismo idioma. En ningún momento veía que se contradijeran en su opinión o en sus normas una terapeuta y otra.

Observé tanto estos puntos que llegué a pensar que una institución tan bien organizada se debía al mucho tiempo de su existencia. Más tarde me enteré que cuando yo entré en Anna O, ésta llevaba sólo dos años funcionando.

Hoy me doy cuenta –gracias al trabajo que he venido realizando- del poder tan grande que tienen nuestros verdaderos deseos (si son escuchados). Si éste no hubiese sido mi deseo, Anna O no se hubiese puesto en mi camino. Yo al hecho de encontrarme con Anna O, en aquellos momentos, le llamé suerte, yo no sabía aún comunicarme con mis deseos claramente, por eso ellos estaban tan enfadados conmigo, llamaban a la puerta y yo ni los reconocía, les cerraba la puerta en las narices, pues no quería ni saber de su existencia. ¿Cómo nos sentiríamos si un día llamásemos a la puerta de nuestra ppropia casa y no nos reconocieran? Pues así sucedía con mis deseos ¡cuánta pena he sentido por ellos, y cuánta incomprensión! Estaban tan enfadados conmigo y tan hartos de que no los reconociera que optaron por llamar de otro modo. Me dolía constantemente la garganta, ésta se me secaba de un modo extraño. Me quedaba afónica con facilidad… ¡qué contradicción, cuando lo que más me gustaba era cantar…!

Poco a poco, me fui dando cuenta que mis deseos existían, empecé a dialogar con ellos… procuré reconciliarme con todos los que pude y les prometí que sería más comprensiva con ellos y cuando tocaran a mi puerta, por lo menos hablaríamos un rato. Creo que esto fue un buen paso.

Al igual que no reconocía a mis deseos, tampoco era capaz de reconocer mi saber. Me refiero a ese saber que todo ser humano lleva dentro al que yo no sabía escuchar.

¿Sirve el saber si no se sabe que se sabe? El paso por el Centro me está sirviendo para saber de mí. Esto no es tarea fácil.

Muchas veces me marché a casa sin saber qué hacer con las costumbres anteriores de conducirme. En mi mente he tenido tiempos de desorden. Tenía que ver cosas dentro de mí que no me apetecía ver, esto me resultaba duro y doloroso ¡Yo tenía que cambiar cosas!

Pero…¿Cómo, cuando nos va mal no tienen siempre la culpa los demás? Esto es lo que estaba acostumbrad a oir.

¿Qué soy responsable de mi vida, de mis actos, de mi felicidad? ¡Pero bueno, esto significa hacerse mayor!

¡Ah, ahora empieza a entender!

Y en ese seguir entendiendo estoy.

Me quedé como voluntaria en esta casa y mucho me gustaría poder dar a otras mujeres que lo necesiten algo de lo que aquí he recibido.

M.C.L.J.

Nº 10 de MUJERES DE ANNA O.