Super User

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Silencios Rotos E.M. Nº 6 de MUJERES DE ANNA O.

Entré en el grupo de jóvenes cuando tenía 20 años, ahora tengo 24 y soy voluntaria. He cambiado mucho desde que llegué a Anna O. El tiempo pasa rápido pero aún me acuerdo de cuando lloraba, no sabía en ese momento el por qué, pero algo me pasaba. Sufría mucho, lloraba cada noche, no podía dormir. Rezaba a Dios para que la angustia pasara, como lógicamente no hubo ningún cambio, dejé de rezar y esperaba que el tiempo me curase, “no hay mal que cien años dure” pensaba. Finalmente, desesperada, decidí pedir ayuda.

Toqué varias puertas pero la única que me ofreció ayuda completa e inmediata fue Anna O. Vine pidiendo soluciones rápidas, quería que me dijesen lo que tenía que hacer con mi vida y, por supuesto, que no me llevasen la contraria. Ellas me ofrecieron escucha y me dieron la oportunidad de hablar de mí. Lo único que tenía que hacer era hablar, en principio me parecía muy simple. ¿Cómo a través de la palabra podría curarme? Era demasiado fácil, pensaba. Sin embargo. Cuando llegué al grupo, no podía casi hablar, lloraba tanto que no me salían las palabras. Eso tan sencillo me removía mi pasado y dolía mucho. Recuerdo que mis frases comenzaban siempre con “mi madre…” tal… Descubrí que mi vida giraba en torno a ella, me fue difícil reconocerlo pero el centro de mi vida. Eran peleas y discusiones continuas con ella y con mi hermano. Con mi padre no reñía porque vive en Bilbao y no lo veía, aún así estaba también enfadada con él.

En los grupos, poco a poco fui cambiando, llorando salía mi rabia y hablando me iba liberando de ella y de mi pasado, me convertía cada vez en persona. Poniendo palabras a lo que sentía me encontraba mejor, ya no era algo tan grande como a mí me lo parecía. Aprendí a escuchar a mis compañeras y a mí misma, ellas tenían problemas iguales a los míos. Escuchándolas y hablando de ellas, sin saberlo, me escuchaba y hablaba de mí; ellas eran el reflejo de mí misma. En un principio no pensaba que “yo” tuviese que ver algo en mi malestar, la “culpa” la tenían los “otros”. Ahora se que he tenido un papel protagonista en mi vida. He hecho mucho daño a las personas que quiero y he utilizado a otras. Ser consciente de esto es duro, tenía muy bien montado el papel de “niña víctima y buena”, máscara que encubría todo lo contrario.

Ahora, tras casi cuatro años en grupos, a mi familia la quiero más que antes, bueno mejor dicho, antes no quería a nadie, estaba tan centrada en mi yo y mis problemas que no miraba más allá. Pienso que he crecido mucho desde que estoy en Anna O, pero aún me queda un largo camino. He estado tanto tiempo pendiente de mi madre y de su vida, que ahora cuando me enfrento a la mía, me da miedo. Ser una mujer adulta significa mucho para mí, no sólo por asumir responsabilidades y tomar el rumbo de mi vida, sino porque he renunciado a mis fantasías infantiles: mi pasado es ese y los hechos pasaron de ese modo.

En estos momentos me acuerdo más que nunca de un dicho popular “La vida es aquello que pasa mientras tú haces otros planes para cambiarla”.

E.M.

Nº 6 de MUJERES DE ANNA O.

Silencios Rotos R.A. Nº 5 de MUJERES DE ANNA O.

Nací el 6 de Junio de 1956 en una familia humilde con muchos hermanos, muchas necesidades y unos padres incultos, cerrados, brutos y muy agresivos. Que yo recuerde, nunca tuve señales de cariño.

Cuando tenía diez años, todos los hermanos enfermamos de sarampión y se nos complicó al seguir cuidando animales, que era el medio de sustento de la familia. El estar en la calle me dio mucha fiebre, no podía estar de pie, y no me acuerdo del tiempo que pasó antes de que nos metieran en la cama. Recuerdo una mesa en la que me sentaron para pincharme en el costado derecho con una jeringa de medio litro y una aguja muy grande, que se me ha quedado en la memoria como si fuera hoy. De la misma manera se me ha quedado la muerte de mi hermano, pues mientras yo me fui al hospital, él se fue al cementerio quedándoseme un sentimiento de culpa como si yo le hubiera robado la vida. Cuando tenía 16 años me vine con mi hermana y su familia a Torremolinos, para no separarme de mi sobrino de dos años al que quería y quiero mucho. Aquí conocí al que fue el padre de mis dos hijos. Mi hermana, cuando lo vió por primera vez, me advirtió que ese muchacho no me convenía, pero yo como sabía tanto, no haciéndole caso, me quedé embarazada, me casé y empezó mi calvario. Como buena lo elegí como mi padre, perezoso, egoísta e irresponsable. Recuerdo que el único tiempo en que estuve mejor, fue durante el embarazo de mi primera hija, porque cuando nació, empezaron todos los problemas. Se despidió del trabajo y se puso a hacer fotografías a los extranjeros con su mono y un león. En ese verano no íbamos tan mal, pero en invierno no tenía ni para comprar los alimentos que mi hija necesitaba, y ahí fue cuando más sufrí.

Cuando la niña tenía 16 meses, mi marido padeció un accidente y estuvo 3 meses en el hospital. Al salir con aplastamientos de vértebras tuvo que permanecer en una cama con una escayola sin poder moverse. En esas circunstancias me quedé embarazada de mi segundo hijo. Creí volverme loca, trabajaba con contratos de tres meses, preñada y con mi hija tan pequeña.

La única vez que me arrepiento de hacer sido honesta es cuando le dije a la gobernanta la verdad de mi situación. Le pedí que me hiciera un contrato de tres meses para tener el desempleo y en lugar de eso, me dejó sin trabajo. Os podeis imaginar lo que se me vino encima, además mi marido, cuando pudo trabajar venía tarde, según decía, siempre había algún pesado que estaba hasta las 4 o las 5 de la mañana.

Cuando nació mi hijo Alberto lo pasé muy mal. Estuve en la cama más de 15 días sin poder levantarme, me temblaban las piernas, me dolía mucho el cuerpo porque tuve un parto muy difícil. Al mes de su nacimiento ya estaba trabajando, con pocas fuerzas, pero sacando la casa adelante porque mi marido no encontraba para él, pero sí encontraba trabajos para mí.

Mis hermanas querían ayudarme, pero no querían mantenerlo a él, así que mientras criaba, me separé. Lo peor que llevé fue la separación de los niños, porque trabajaba todo el día y parte de la noche limpiando en una casa y en un hotel para pagar todas las deudas que me quedaron. Mis hermanas se encargaron cada una de un niño y yo iba a verlos cuando podía. Así estuve nueve meses que se me hicieron eternos.

Después de tantas tristezas, el mejor regalo me llegó en forma de trabajo, que es el que actualmente tengo en un colegio del Ayuntamiento. Así pude tener a mis dos hijos conmigo y un sueldo fijo. A los dos años de separarme me hice un gran regalo: el carnet de conducir. Y me compré un coche. Al poco tiempo me vino el pago de la casa que había solicitado del Estado, pensando que tardaría años en empezar a hacerlo. Así que me enganché pagando coche y casa, pero seguí trabajando en el hotel para amueblar la casa; alquilé el apartamento en el que vivíamos pensando pagar la universidad para cuando los niños fueran mayores, pero me ha salido el tiro por la culata, porque ninguno de los dos quiere estudiar una carrera, aunque aún no he perdido la esperanza.

Durante todos estos años desarrollé mi parte de madre responsable olvidándome de la parte de mujer, como la he olvidado ahora al escribir. La vida se me pasó sin saber nada de hombres, no permití que se me acercaran a menos de un metro, pero conocí a un compañero de trabajo que venía de la Comunidad Valenciana y como el apartamento casualmente lo tenía libre, se lo alquilé. Yo también me sentía libre después de tanto luchar, así que me enamoré perdidamente, parecía una botella de cava que al darle un poco de aire, explotara sin calibrar las consecuencias. Aquello me hizo sufrir al no abrirla despacio. Recuerdo que fue como un volcán que surge de pronto, y tal como surgió, se apagó. Para apagarlo recibí mucha ayuda en el Centro Anna O. Aquí adquirí fuerzas para cerrar las heridas que esta experiencia me abrió.

Con el tiempo fui colocando otra vez las piezas en su sitio y empecé a salir con amigas. Una buena amiga me presentó a mi actual pareja y esta vez ha sido una botella de vino de gran reserva, que como buen entendedor, se lo toma despacio, degustando este caldo de buen sabor, olor y olor, aunque permanece la desconfianza de que este vino sea para mí y tengo miedo de que se avinagre. No recuerdo haberme sentido querida por ningún hombre, de modo que persiste en mí la sensación de que éste no me quiere lo suficiente. Tengo que decir en su favor, que hasta ahora, más de lo que nunca podía soñar, me llena de atención, amabilidad, está pendiente de lo que me gusta, realizo viajes que jamás podía imaginar…

Por fin, después de tanto sufrimiento me encuentro disfrutando de lo que nunca había disfrutado antes, de esos pequeños placeres que me da la vida, como oler las flores, mirar los pájaros y escucharlos cantar cuando voy al trabajo, paseando al amanecer, viendo como sale el sol cada día.

R.A.

Nº 5 de MUJERES DE ANNA O.

Silencios Rotos M.G.B.E. Nº 4 de MUJERES DE ANNA O.

Soy ama de casa y quiero compartir con vosotras lo que ha sido mi vida y lo que es actualmente.

Nací en un pueblecito andaluz, en una familia humilde, compuesta por tres varones mayores, mi hermana gemela y yo.

Mis padres se habían casado después de haber tenido seis hijos, uno de ellos muerto, y dos abortos; nosotras nacimos dentro del matrimonio.

Mi padre se había vuelto loco unos años atrás y después quedó tonto según mi madre, así crecí, con un padre poco común y compadeciéndole.

A pesar de todo mi infancia fue tranquila y feliz; entre juegos, la escuela, las tareas del campo y mi fantasía llegué a las puertas de la adolescencia. Antes de cumplir los catorce años, mi madre tomó la decisión de mandarme a la ciudad a trabajar como cocinera en la casa de un teniente coronel, después de todo, ya sabía las “cuatro reglas”.

Me dejó en aquella casa, asustada y con el mandato de que “debía” ser obediente, buena, limpia y trabajadora para evitar que me despidieran, de lo contrario sería vergonzoso. Me costó muchísimo adaptarme a una nueva forma de vida y con gran esfuerzo logré el deseo de mi madre. Pude demostrarle con creces que no era tan inútil como me había dicho alguna vez.

Diez años después, salía de aquella casa para casarme con un joven maravilloso, educado y culto; nos queríamos muchísimo y nuestro deseo era estar juntos, después de cinco años de noviazgo.

Nos marchamos llenos de ilusiones y deseos a otra ciudad. Recuerdo que la primera vez que ví nuestra casa lloré de felicidad, porque al fin iba a tener una familia y un hogar.

Acostumbrada al trabajo como estaba, le expresé a mi marido mi deseo de colaborar en la economía de la casa, pero él me convenció de que lo mejor sería que me dedicase a cuidar de nuestros hijos y que él se ocuparía de traer el sustento. Accedí por complacerle porque quería ser una buena esposa y una madre ejemplar.

Tuvimos dos hijas maravillosas a las que me entregué por completo. Mi vida se movía alrededor de mis hijas y de mi marido. Tenía pocas amigas ya que cunado conseguía alguna, coincidía que debíamos trasladarnos.

Sufrí una fuerte depresión aparentemente sin motivos, nuestra economía había mejorado, nuestras hijas estaban sanas y no daban grandes complicaciones. Mi marido era atento, cariñoso y le gustaba estar en casa; él no entendía lo que me pasaba y yo tampoco, así que me sentía culpable por el malestar que sufría. Logré salir de la depresión y algún tiempo después nos trasladamos a Málaga. Me costó tiempo y trabajo adaptarme a otra forma de vida. Mis hijas estaban asustadas, fue un cambio muy brusco para ellas, pues dejaron el colegio un viernes en una ciudad, para volver a otro el lunes siguiente en otra ciudad.

Empecé a preocuparme en exceso por ellas, sobre todo por la pequeña, pues no adelantaba en el colegio. Mis nervios la mayoría del tiempo los tenía a flor de piel y estaba cada vez más insatisfecha.

Cuando mi hija mayor hacía segundo de BUP, dio un cambio tan grande que no supe encajarlo, siempre había demostrado ser más madura de lo que le correspondía por su edad. Algo dentro de mí me decía que era cosa de la edad, estaba en la adolescencia y era lógico el cambio. Me proponía ser más flexible con su nueva forma de ser pero no lo lograba y después me sentía culpable por mi comportamiento con ella. Realmente nuestra relación empeoraba día a día, las discusiones y malos entendidos se hacían frecuentes entre las dos, y por supuesto, las relaciones con mi marido tampoco eran saludables y mi hija menor cada vez estaba más confundida y triste.

Un día me dijo muy seria que a veces sentía deseos de quitarse la vida, tenía ocho años, me asusté tanto, que aunque quise no darle importancia, mi hija me notó el miedo e intentó convencerme de que no era cierto.

La llevé a una psicóloga, la estuvo tratando durante un año, al cabo del cual me comunicó que la niña estaba bien, pero que en cambio veía la necesidad de que fuese yo quien me pusiera en tratamiento. Por un momento me sorprendió, pero reaccioné enseguida y comprendí que realmente yo no estaba bien. Empecé las sesiones con ella pero no sabía hablar de mí, hablaba de mi hija mayor y de los problemas que teníamos, empecé a entender algunas cosas pero me cansé pronto de la terapia y al año y medio, le comuniqué que no volvería a ir.

El malestar interior que había sentido durante las discusiones con mi hija y las tensiones acumuladas, se reflejaron en mi cuello, produciéndome dos hernias cervicales, que me impedían mover el cuello. Cada vez podía hacer menos cosas. El traumatólogo cansado ya de hacerme pruebas y ante la imposibilidad de que mejorara con sus tratamientos, me recomendó un psicólogo, de modo que arribé al Centro de Ayuda Anna O.

Después de una entrevista con una profesional, entré en un grupo. Al principio dudaba de si aquello funcionaría, pero a lo largo de dos meses de grupo previo, me fue gustando la forma de trabajar. El ver casos similares al mío, la comprensión que encontré dentro del grupo hizo que continuara.

Empecé un trabajo terapéutico muy constructivo, duro a veces, pero era la forma de conocerme a mí misma, de enfrentarme a mis problemas y darles solución.

Mi vida ha dado un cambio fantástico. Ahora me siento una mujer más libre, segura, comprensiva, útil y más sana. Las relaciones con mis hijas son muy buenas; la mayor ha terminado su carrera brillantemente y la menor se ha convertido en una adolescente feliz y segura, pronto terminará sus estudios.

Mi marido y yo podemos entendernos mejor, nuestras relaciones a todos los niveles han mejorado considerablemente y cuando discutimos lo hacemos con el ánimo de ayudarnos a crecer interiormente; sobre todo sabemos lo que queremos.

Después de dos años de terapia sigo en el CENTRO ANNA O, preparándome para ayudar a otras mujeres que acuden a este Centro con el deseo de mejorar su salud.

Realmente mi vida tiene más sentido porque tengo vida propia.

M.G.B.E.

Nº 4 de MUJERES DE ANNA O.

Silencios Rotos P.G.V. Nº 3 de MUJERES DE ANNA O.

Mi historia comienza en Madrid a mitad de este siglo. Fui la segunda de cuatro hermanas dentro de una familia mas o menos normalita. Cuando tenía 3 años, mi hermana mayor cayó enferma con meningitis por el tiempo en que también nació mi tercera hermana. Como yo estaba en medio y además dijeron que la enfermedad era contagiosa, me enviaron con unos tios al campo. Allí estuve seis meses sin ver a mis padres; yo realmente no me acuerdo de nada de aquello, pero lo que sí recuerdo es estar siempre contenta y posteriormente ver a mi padre con depresiones. No podíamos reir fuerte, ni jugar en casa porque a él le molestaba. Recuerdo también las noches de verano en la puerta de mi casa, los niños jugando y los mayores hablando.

Cuando tenía 10 años nació la cuarta de mis hermanas. Siempre recordaré el momento en que mi padre vino a decirnos que era otra niña. Saltábamos de alegría.

Yo tenía 13 años cuando mis padres volvieron a Málaga. Mo he dicho que aunque nací en Madrid, mis padres son andaluces. Aquí me puse a trabajar en una peluquería, pues desde muy pequeña quería ser peluquera. Aunque trabajaba bastante y mi padre seguía enfermo, yo ayudaba a mi hermana mayor a realizar el trabajo de él. Tuve una adolescencia feliz. Cuando por fin me saqué el título de peluquera y puse la mía propia, mis padres me ayudaron mucho.

Al pasar el tiempo, mis hermanas se fueron casando, mientras que a mí ningún hombre que conocía me parecía bien.

Estaba esperando al príncipe azul. Y llegó. Cuando tenía 30 años y muchas ilusiones.

Tuve mi primer hijo, el único que tengo, a los 31 años. Ello no impidió que siguiera trabajando hasta que mi marido y yo pusimos un pequeño negocio que nos creaba muchos conflictos. Así fue pasando el tiempo a trancas y barrancas.

Cuando mi hijo tenía 9 años, mi madre murió. Aquel suceso que me zarandeó, cambiaría mi vida. Fue ver la muerte de cerca; tan cerca que no era capaz de vivir sin ella, sin mi madre.

Pensaba ¿si a muchas personas se les muere y aunque la lloran y recuerdan pueden hacer su vida, por qué yo no era capaz de vivir? Lloraba continuamente por todo, trabajaba, cuidaba de mi casa, mi marido, mi hijo, pero yo seguía llorando.

Transcurridos 5 años de su muerte aún seguía como al principio. Entonces mis hermanas me hablaron de un Centro de Ayuda, y fue cuando llegué a ANNA O., comenzando a hacer algo por mí misma.

Trabajé y trabajé en mi grupo, y comprobé, que a los tres años cuando mis padres me mandaron con mis tíos al campo, tuve que llorar muchísimo al separarme de mi madre; así que cuando ella murió, me sentí tan sola como entonces, y en lugar de llorar como una mujer de 41 años, lloraba y lloraba como aquella niña de antes.

Comprender y descubrir esto ha hecho que recupere mi alegría.

Tengo problemas como todo el mundo; un marido, que al trabajar juntos, algunas veces me pone de mal humos, pero que me quiere muchísimo, y un hijo sano, fuerte y bueno.

A pesar de los problemas diarios, estoy viviendo feliz.

Por ello. Quiero darles a mis compañeras yamigas de ANNA O., las gracias por su ayuda, y decirles que sigan trabajando en su niñez, que ahí está la clave de todo, y podrán sentir en su corazón lo que yo siento hoy.

¡Gracias amigas!

Nº 3 de MUJERES DE ANNA O.

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